Eugenio Merino – Monumento I – “Monumento a la corrupción” – ADN Galeria – Barcelona

MONUMENTO I

MONUMENTO A LA CORRUPCIÓN

Una propuesta de Eugenio Merino

para ADN Galeria de Barcelona 

que forma parte del proyecto Monumento

comisariado por Fernando Gómez de la Cuesta

Hace tiempo que Eugenio Merino viene fijando su atención en todas esas imágenes generadas por el poder, en aquellos símbolos que tratan de dejar un testimonio sesgado de la historia -de las historias- desde la posición dominante de las clases dirigentes, desde aquellos lugares aventajados donde siempre se sitúa el bando ganador. Estas élites intransigentes y autocráticas (re)escribirán el relato con el objetivo de consolidar su situación, de ampliar sus privilegios, de seguir medrando mientras infunden temor o nos manipulan sibilinamente. Doctrinas, manifiestos y tesis, las religiones y sus narraciones, las ideologías, los partidos políticos, las diferentes y sucesivas formas de gobierno, las grandes genealogías, la publicidad, la economía y la coacción, la persecución, la castración, lo parcial y lo subjetivo, lo patriarcal y lo colonial, lo humano y lo divino, se han ido apoyando en la increíble fuerza sugestiva de las imágenes, en la evidente capacidad que poseen para modificar criterios e influir en las ideas, en las sensibilidades, en las formas de mirar y de hacer, redactando pasados, condicionando presentes, marcando futuros, bien de una manera sutil o en base a la fuerza imperativa y desmedida que genera su poderoso código de dominio. 

Nada es inocente, nada es inocuo, todas las imágenes producidas tienen una intención, desde las más sencillas representaciones visuales, pasando por las obras de arte, las estatuas y las placas, el símbolo, el logo, la ilustración, los dibujos, las pinturas y las pintadas, las esculturas, los artefactos, las fotografías y esa insondable iconografía on-line que nos desborda y que nos sobrepasa. Entre todas estas imágenes transmisoras, el monumento, por su carácter sólido, público, estable, emblemático, resistente y representativo, requiere de acciones muy concretas para ser concebido y construido, para ser erigido, pero también para modificarlo, para sustituirlo o derruirlo, una “actuación monumental” que precisa del consenso por su carácter oficial, que necesita de voluntad política o de la fuerza imperativa, que será removida con la llegada de un nuevo poder o por la caída en desgracia en el seno del mismo, que será derrocada por el cambio de voluntades o por la violencia resistente, por la oposición intelectual, por la revisión ideológica o histórica, por el contraataque, por el atentado, incluso por la mutilación salvaje desde el ataque vandálico.  

Monumento es una palabra que tiene una etimología singular, unas raíces latinas ubicadas en el término monere que quiere decir “recordar”. Sin embargo, este verbo, también tiene otros significados, unos conceptos que quizás poseen un contenido más ambiguo, más interpretable, más apropiado para todo esto que el artista se trae entre manos: “hacer pensar”, “advertir”, “alertar”, “avisar”, “aconsejar”, incluso “inspirar”. Es desde esta polisemia desde donde parte esta investigación que hemos emprendido y que recibe por nombre Monumento. Un análisis de largo recorrido que pone su foco en unas representaciones concretas, a veces artísticas o con pretensiones de serlo, de unos hechos que han sucedido y que han sido recogidos, intervenidos, ensalzados y visibilizados desde una determinada perspectiva, unos artefactos visuales que homenajean y enfatizan alguno de los relatos que se producen desde la posición privilegiada de los vencedores, desde allí donde se ubica el código de dominio. El espíritu escrutador de Merino se encarga de desactivar estos emblemas, buscando las fisuras que subyacen bajo la superficie broncínea, pétrea, de su materialización formal, dejando en evidencia sus incongruencias, sus manipulaciones y ese poderío chusco y casposo que casi siempre destilan, y lo hace en base a un mecanismo crítico que se encarga, de una manera frontal, directa y efectiva, de visibilizar las incoherencias y los excesos de estos dispositivos icónicos que emanan directamente desde el poder imperante.    

Monumento a la corrupción es la primera etapa de una investigación que actúa contra la amnesia colectiva, poniendo el dedo en una llaga que todavía supura pero que nadie se atreve a sanar. En el espacio público, en nuestros lugares de vida, es habitual que nos encontremos frente a referentes visuales que manifiestan ideas como el orgullo nacional, el blanqueamiento de sucesos históricos turbios, regímenes de dudosa legitimidad o gobernantes de cuestionable reputación. Esta primera propuesta de Monumento se presenta como si de un proyecto de escultura pública pendiente de realizar se tratase. Una gran pieza que se ubicaría frente al Congreso de los Diputados de Madrid y que representaría una enorme puerta giratoria en oro. Eugenio Merino entiende la corrupción como la forma de gobierno habitual en el Estado Español en los últimos siglos, una suerte de “tradición ibérica” que ha contado con la permisividad ciudadana y con una crisis de valores que, habitualmente, ha primado la figura del pícaro, del aprovechado, del corrupto, del delincuente y del ladrón, por encima de otros comportamientos ejemplarizantes y éticos.    

La expresión “puerta giratoria”, eso que se representa sobre este utópico pedestal, es un término que designa, de forma coloquial, el hecho de que un alto cargo público se marche a trabajar a una empresa privada, obteniendo beneficios de su anterior ocupación y produciendo un conflicto de intereses entre la cosa pública y los objetivos privados, medrando por un provecho propio que suele redundar en un perjuicio del interés general. Las ganancias que se obtienen de la corrupción son ilegales y no siempre económicas,  estos aprovechamientos que se producen desde posiciones de poder se desarrollan de forma muy variada y cada vez más sutil: malversación, cohecho, prevaricación, participación en negocios prohibidos, delitos patrimoniales, delitos comunes, estafa, apropiación indebida, recalificaciones urbanísticas, clientelismo, nepotismo, amiguismo, una relación de despropósitos que constata la debilidad y la falta de virtud cívica del país en el que vivimos. 

Los monumentos son un sistema de divulgación simbólica que busca asegurar la pervivencia de un orden social empeñado en programar un futuro posible y controlado, cimentado en un pasado, en un relato histórico, sesgado y condicionado. Sin embargo, este Monumento a la corrupción se constituye como un contra-monumento que no busca el consuelo ni la justificación, ni influirnos ni manipularnos, sino que pretende provocar la reflexión, girar nuestra mirada crítica hacia otros lados. El arte, la creación contemporánea, difícilmente tiene la capacidad de cambiar las cosas, pero sí que puede modificar nuestra sensibilidad, incorporar otras maneras de ver, de entender, de valorar y de hacer. Quizás, algún día, estas nuevas ideas consigan transformar nuestra organización social, nuestra ética, nuestra manera de vivir, nuestra forma de ser, de relacionarnos y de comportarnos, en ello estamos, ojalá lo consigamos. Monumento I, ADN Galeria, Barcelona, junio de 2021.

Corrupción y puertas giratorias

Todos los estudios realizados en nuestro país revelan que el expolio de la corrupción provoca una pérdida de recursos de decenas de millones de euros anuales. Se trata de dinero que podría haberse invertido en unos servicios públicos casi siempre precarios. Además, cuando la corrupción llena las alforjas de la financiación electoral de los partidos, provoca una clara ruptura de las reglas del juego democrático y arroja sombras de duda sobre los resultados de las urnas. 

Y especialmente, la corrupción deteriora gravemente la credibilidad de las instituciones. Transmite la idea general de que los cargos políticos no pretenden el bien común, sino únicamente satisfacer sus aspiraciones particulares. Por otro lado, con el mecanismo de las puertas giratorias, los poderes económicos cuentan con instrumentos para capturar al Estado y favorecer que todo sea regulado en función de sus intereses. Todo ello nos conduce a una percepción demoledora para una visión de la democracia como deliberación colectiva sobre los asuntos comunes en beneficio de la sociedad. 

JOAQUIM BOSCH

Magistrado

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