Amparo Sard – «Naufragi» – Ajuntament de Capdepera – Passeig Marítim de Cala Rajada

Naufragio

Un conjunto de esculturas de Amparo Sard

comisariado por Fernando Gómez de la Cuesta

para el Paseo Marítimo de Cala Rajada – Ajuntament de Capdepera

septiembre de 2022

Salvavidas
155 x 80 x 64 cm
Aluminio
Impasse
240 x 140 x 200 cm
Fibra de vidrio, madera y pvc de espejo

Dice Paul Virilio en “Ciudad Pánico” que el poder de los mass-media produce, entre otros efectos, una “sincronización de las emociones” que nos provoca una distorsión igualadora y contagiosa de la realidad, un exceso de empatía que, aunque parezca una contradicción, genera una insensibilidad que nos está abocando a un nuevo y descomunal naufragio. Se puede entrever que algo inquietante subyace bajo esa capa epidérmica en la que la mirada y el entendimiento contemporáneos quedan atrapados por una belleza ensimismada, por un interés fingido, por un exceso de datos, por una apariencia de realidad resplandeciente provocada por la luz de las nuevas tecnologías y que no es más que el reflejo sobre un muro de cristal negro de unas imágenes que pierden su sentido gracias a su reproducción hasta la náusea. Un mundo del que tan sólo conocemos un espejismo completamente descontextualizado, una sombra que, pervertida por el brillo deslumbrante del interfaz, comparece sin su esencia, sin su drama ni su verdad.

Pero este misterio que subyace puede convertirse en revelación cuando el sobrecogimiento consigue traspasar la frontera de lo sublime, de aquello que nos atrae y que nos repele a partes iguales, del caos, la desmesura y lo inefable, de lo inasible, lo insondable y lo incontrolable. Amparo Sard, como el poeta de la Barca de Dante, emprende su camino hacia los avernos contemporáneos, con la balsa pero sin Caronte, avanzando a duras penas por las aguas estigias, rodeada de todos esos seres condenados a huir del infierno para alcanzar otro abismo aun mayor. Como una carcasa que se va quedando sin su contenido, el cuerpo y la nave de la artista van sufriendo un proceso de vaciamiento, de transparencia, de trepanación, donde los órganos desaparecen, los huesos se pulverizan y las estructuras flotantes son atravesadas por la nada más absoluta, por la oquedad más persistente, como si fuéramos materia que ha entrado en una descomposición extrañamente aséptica, plástica, de aceros, aluminios y fibras de vidrio. Esa misma putrefacción neutra que perfora el dibujo de la carne, ese agujereado constante de la embarcación que nos contiene, va aumentando el diámetro de sus orificios para convertirse, no ya en una herida, sino en un paso, en un acceso, en una puerta que conecta con todo aquello que permanece más allá, con lo verdaderamente oscuro y también con lo luminoso, con lo bello y lo siniestro, con eso que no es tan sencillo, ni tan reducido, ni tan simple como la capa superficial y brillante de un blanco impoluto sobre la que nos desenvolvemos.

Amparo Sard lleva mucho tiempo completamente sumergida en las aguas del mar, traspasada por la corriente, nadando, ahogándose y sobreviviendo, asumiendo y amplificando la fuerza que la creatividad, la sensibilidad y el talento confiere a los que, como ella, tienen las capacidades adecuadas para recibirla, custodiarla, desarrollarla y ofrecerla. La artista mantiene una lucha sin tregua desde las propias entrañas del desbordamiento, una batalla ética y estética referida al ser y a su entorno, a la integración y a lo ajeno, a la exclusión y a la pertenencia, a la migración y a la permanencia, a la alienación y al desposeimiento. Y lo hace con la sutil poesía desgarrada de quien es capaz de ver lo invisible, comprenderlo, enriquecerlo y comunicárnoslo, una investigación inquietante que se contrapone a este nuevo naufragio, un posicionamiento decidido que nos lleva hacia planteamientos de resistencia, de esperanza y de conocimiento, poniendo de manifiesto que, en el seno de la vorágine y de la confusión, no hay una sola verdad, que una misma realidad puede verse de formas distintas y desde perspectivas muy diversas, que incluso lo más sencillo siempre contiene un drama complejo y que la única manera de mantenerse a flote es agarrándonos entre nosotros, manteniendo una deontología, una ética y una solidaridad que impida que nos hundamos, como ese salvavidas que aparece en su obra y que reproduce sus propias manos entrelazadas, una tabla de salvación que nos sostiene mecidos al ritmo del mar, pero que, en cualquier momento, puede terminar de ahogarnos.

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